20: 30 hs. Viernes. Poco faltaba para salir del trabajo; en diez minutos olvidaría los planos por un tiempo. Dos firmas con su aprobación.
Otros papeles esperaban seductores en un rincón del maletín; un par de boletos a Maracaibo por quince días de vacaciones. Al menos quince días para demostrarle a su esposa que aún la amaba. Treinta años de matrimonio bien valían el festejo y tal vez la distensión lograra que alguna noche de champagne sugiera sexo adolescente. Gustavo sonrió mientras imaginaba la posibilidad y se sonrojó al levantar la vista y descubrirse en la oficina. El sexo no era un tema recurrente en su vida, y a eso su esposa lo entendía muy bien.
Con cierta vergüenza -aunque estaba solo-revisó el portafolios sobre el banco de dibujo; si. Allí estaban los pasajes de avión.
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Caracas, siempre le pareció una ciudad bella. Tan calurosa y bella. Sin embargo el tránsito vehicular la convierte en un infierno, un infierno con el que está destinado a convivir aún sin cruzar las autopistas. Parte de ellas, llevan impresa su propia idea.
Y las tormentas eléctricas de julio...
La tarde de su boda con Selma, soleada, como este mismo día de su aniversario, trajo aquella lluvia repentina. Recordó su tardanza en llegar a la iglesia y los ojos enrojecidos de ella, también su carita jóven y fresca sonriéndole al verlo empapado. De esa manera se había celebrado el matrimonio, con su atuendo chorreando.
Volvió a sonreir, pero esta vez su mueca se borró de un golpe.
El vidrio de su despacho pareció estallar con el ruido seco de un trueno. Al mismo tiempo, dejó la silla y se asomó a mirar la calle. Alcanzó a ver los árboles de Plaza Venezuela, meciendo sus melebas por el viento y luego ocultarse tras el manto gris de la lluvia. Casi al mismo tiempo se apagó la luz. Encendieron las tenies luminarias de emergencia.
Ya todos se habían marchado del sector. La última en salir fue Lourdes, diez minutos antes. Lourdes era parte del grupo que estuvo colaborando horas extras con la revisión de los planos. Seguramente llegaría a su casa hecha sopa.
-"A esperar que pare un poco"- se dijo, y se dirigió a cerrar la puerta con llave.
En ese momento, apareció Lourdes con su larguísimo cabello pegado al cuerpo, fruncido el ceño y gruñendo.
-"Aquí de nuevo, ingeniero. Supuse que no se había retirado aún"-
Colgó su abrigo mojado y recogió su pelo enroscándolo en un lápiz. Varios mechones quedaron en su cara. La blusa blanca, mojada también, se había pegado a tus tetas dejando traslucir un pequeño sostén oscuro. Gustavo nunca supo porqué puso sus ojos en ese punto. Nunca antes había mirado los pechos de esa chica de veinticinco años, algunos menos de los que llevaba casado. Nunca los pechos de una mujer que no fuera Selma . Nunca observar directamente a esas partes...
-"Vaya mierda de lluvia!"- refunfuñó como si estuviera sola-.
" Oh, lo siento ingeniero.."- dulcificó su voz.
El ingeniero, tardó milésimas en decir -"No hay cuidado", pero Lourdes captó la dirección de su mirada y empezó a desprenderse lentamente la blusa.
Gustavo giró la vista hacia su escritorio, pero la chica lo atrajo nuevamente llamándolo por su nombre.
-"Quiero chupartela"- le dijo como si fuera una órden más que un deseo, abrió la blusa y dejó ver el pequeño sostén azul. Siguió desvistiendose sin quitar sus ojos de los suyos. Quedó completamente desnuda. Un breve espacio en el tiempo y lamió sus dedos para frotarse los pezones.
-"Quiero tragarmela"- repetía sin dar un paso, clavándole su mirada celeste.
La exitación de Gustavo se notaba en sus pantalones y el calor repentino desde su verga, le estallaba en todo el cuerpo de una manera incontenible. Respiró hondo el perfume de Lourdes, inmóvil, a la vez que ella avanzaba tocándose entera.
Su boca se entreabría al verla acercarse y así recibió un caliente beso húmedo. Lourdes le desprendía el pantalón con una mano y con la otra, se aferraba de su cuello para hundir más la lengua.
Gustavo, rodeó su cintura con ambos brazos y deslizó sus dedos por la curva de su espalda, abriéndole los glúteos. Ella seguía dando pasos haciéndolo retroceder, hasta acomodarlo suavemente sobre la silla junto al escritorio.
Quitó la corbata, la camisa y bajó rápidamente los pantalones y el slip. Se detuvo un momento en silencio, solo para observarlo...
-" La tengo tan dura.." dijo el ingeniero al cabo de unos segundos.
-"Fantaseo contigo desde que llegue a esta oficina"-confesó ella- y curvó medio cuerpo hacia abajo para saborearle la pija sin arrodillarse, con las piernas extendidas y abiertas. Mientras lo hacía, Gustavo tocaba sus tetas firmes imaginando la humedad de su vagina y su verga creciendo cada vez más.
Lourdes le provocaba apresurar la respiración, y al límite de hacerlo eyacular, cruzó las piernas a ambos lados de la silla. Mientras él le introducía un dedo entre los glúteos, ella se dejó penetrar lentamente... hasta lo más hondo.
Comenzó a moverse con furia hacia adelante y hacia atrás, tomándose al espaldar de la silla con ambas manos, enloquecida al escucharlo gozar.
El ingeniero le dio un orgasmo con el semen corriéndole por dentro, con el dedo moviéndose en su culo, mordiéndole las tetas fragantes y a punto de explotar.
Después, le abrió las piernas decenas de veces a lo largo de las horas. En todos los sitios de la oficina. Por decenas de motivos.
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La Tormenta se detuvo hace dos horas. El celular de Gustavo Tolbes suena a las 00:38 hs.
Es Selma, su esposa: "Mi cielo, ya deja el trabajo. Recuerda que mañana salimos a las ocho."
"Si mi amor, en media hora estaré en casa".
00:50 hs. El ingeniero despide a la asistente. Ella ya no volverá a esa oficina.
29/2/08
La Asistente
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2 comentarios:
Poca cara le falta al tipo. El debia ser el despedido. Aunq gracias a ello, la asistente puede ganar una buena indepnizacion por despido improcedente.
Muy sexy Rïzer..
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