La oscuridad daba tumbos por la habitación.
Llovía y el silencio era más que el propio miedo renegando de la tormenta.
Ninguna noche debería encumbrarse en las sombras cuando precede el vacío mortal de un relámpago.
En la ventana, el candado se iluminaba de a ratos mecido por un viento maldito y golpeador.
Bajo las mantas, sus dedos helados por el invierno se deslizaban en honda huella sobre sus muslos. Una y otra vez. Dejando marcas rojas en el camino desnudo desde las rodillas a la cadera.
Si no fuera por su espalda sobre el pecho hirviendo de un desconocido, por esos pies rodeando los suyos con suave provocación, la hubiera vencido la torpe oscuridad.
Una claridad fugaz. Esperada e inesperada. Llegó tan pronto como el calor en su cuerpo.
Detrás, el aliento exitado junto a un toque experto humedeció su sexo con un solo movimiento.
Solo deseaba ser penetrada por esa insinuación repentina.
Le sucedía con la lluvia, aunque jamás la escuchaba.
Sentirla dura entre sus piernas.
Lo antes posible.
Antes de la próxima centella.
Antes del próximo cliente, buscando a la prostituta sorda.
